La torre


Por Eduardo Federico Gutiérrez González – Graduado Programa de Filosofía (Universidad de La Sabana)

Soy un convencido de que el hombre, casi por naturaleza, se descubre como existiendo siempre entre dos polos de tensión. En diversos sentidos y de múltiples maneras, pareciera que nuestra particular manera de estar vivos nos privara de la quietud existencial e inevitablemente nos condicionara a ser similares a uno de esos péndulos pesados de los relojes antiguos, siempre en movimiento, siempre meciéndonos entre los extremos, siempre entre los grises.la foto 2

 Si esta curiosa antropología pendular resulta de alguna manera adecuada para la vida como totalidad, ello implica que en la vida tengamos todos algunos momentos o épocas de mucho movimiento, de mucha actividad, de mucho contacto con los demás seres humanos; sin embargo, también implica que, con bastante frecuencia, el péndulo se mueva y —a veces sin darnos cuenta, otras veces con una urgencia casi vital— necesitemos momentos de silencio, temporadas de mayor recogimiento, de encuentro con nosotros mismos, de diálogo íntimo con el alma.

 Sin ánimos de dar cátedra de antropología filosófica, y sin ánimos de adelantar alguna idea novedosa, solamente puedo compartir que, para mí, el péndulo se mueve con cierta agilidad y que, casi a diario, así como necesito espacios de actividad fuerte, también necesito espacios de soledad y tranquilidad.

 Hay pocos lugares en los que me pueda dar el lujo de sumergirme en el silencio, de ausentarme de redes sociales, de llamadas telefónicas, de favores de último minuto, etc. Afortunadamente, a pocos minutos de mi casa, tengo uno de esos preciados lugares. Casi con certeza, es uno de los que más frecuento; y, con total certeza, es uno de esos lugares cuyo silencio exterior me ayuda, casi religiosamente, a lograr silencio interior. Sea la quietud de los pasillos, los susurros de los libros invitando a ser leídos, los sauces llorones en primer plano o las montañas en la distancia, la Biblioteca Octavio Arizmendi Posada ha resultado, para mi, una especie de torreón de vigilancia, un refugio en la jornada  – una coma en la oración de cada día, importante para dar respiro a las ideas en proceso de gestación.

 

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