El guardián entre el centeno


Por: Carmen Ruiz

Esta semana he vuelto a leer El guardián entre el centeno de J. D. Salinger. No estaba segura de que me fuera a gustar tanto como la primera vez que lo leí hace ahora  veinte años. Temía que fuera uno de esos libros que a uno le impactan en la adolescencia, pero que tienen fecha de caducidad. Mis temores eran infundados, me ha vuelto a gustar y mucho. Entiendo el entusiasmo que esta novela ha causado generación tras generación desde su publicación en Estados Unidos en 1951, y también las controversias que sigue suscitando por su lenguaje provocador y por su retrato valiente y genial de la ansiedad, el descontrol, la inconstancia, el desconcierto, el miedo y la rebeldía de un adolescente. Me alegro de haber recomendado este libro a lo largo de estos años, de haber defendido los beneficios de su lectura ante la prevención de algunos padres y tutores, y de haberlo elegido para la sesión de noviembre del club de lectura de la biblioteca.

Permítanme que recuerde aquí las primeras líneas de la novela. Creo que son de un gran magnetismo. Habla Holden Caulfield, el protagonista y narrador de 17 años: “Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de hablar de eso. Primero porque me aburre y, segundo, porque a mis padres las daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de su vida privada. Para esas cosas son muy susceptibles, sobre todo mi padre. Son buena gente y todo eso, no digo que no, pero a quisquillosos no hay quien les gane. Además, no crean que voy a contarles mi autobiografía con pelos y señales. Sólo voy a hablarles de una cosa de locos que me pasó durante las Navidades pasadas, antes de que me quedara tan débil que tuvieran que mandarme aquí a reponerme un poco”. ¿No han quedado atrapados? Seguro que sí. Ojalá se animen ahora a seguir leyendo. No quiero desvelarles el porqué de ese título tan enigmático, deben descubrirlo por sí mismos, ahí está la clave de la novela. Sí les animo a adentrarse en la riqueza que posee, de ir más allá de una lectura superficial, de no caer en el error juzgarla con posturas extremas, de convertirla en un icono o de prohibirla porque crean que incita a conductas censurables.

Ahora ya no tengo ninguna duda: El guardián entre el centeno es un clásico contemporáneo. Y como todo buen clásico, nunca termina de decir lo que tiene que decir. Los miembros del club de lectura estaban inspirados. Ayer nos reunimos para comentar el libro y fue fascinante comprobar que a cada uno le había sugerido cosas distintas, todas enriquecedoras. Uno de ellos, estudiante de Medicina, había encontrado mil y un guiños simbólicos de Salinger ocultos en la novela; otro, estudiante de Comunicación Audiovisual, nos ayudó a comprender cómo se va decantando todo hacia el final; otra, en segundo semestre de Filosofía, se había emocionado con la relación del protagonista con su hermana pequeña Phoebe, la única a la que permite decirle que su problema es que nunca le gusta nada, que tiene que pensar no en lo que le gustaría hacer, sino en lo que le gustaría ser de verdad… En cuanto a mí, si me preguntan con qué me quedo al cabo de veinte años, diría que con el capítulo en el que Holden visita al señor Antolini, un antiguo profesor de lengua y literatura. Admiro el acierto con el que este hombre, a pesar de sus contradicciones, es capaz de hacerse cargo del muchacho, de aterrizarlo, de ponerlo en perspectiva y de no aprobar una huida sin sentido, desencantada, de alentarle a seguir buscando, a encontrar la “talla de su inteligencia”. Sus consejos son memorables. Les dejo con uno de ellos: “Lo que distingue al hombre insensato del sensato es que el primero ansía morir orgullosamente por una causa, mientras el segundo aspira a vivir humildemente por ella”.

Pueden encontrar varias ediciones de El guardián entre el centeno en la Biblioteca Octavio Arizmendi Posada.

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