De dioses y hombres… y semidioses


Por: Carmen Ruiz

Sábado por la tarde. Atravieso el bullicioso patio de comidas de un centro comercial para entrar en la sala cine en la que van a proyectar la película francesa De dioses y hombres. Es la segunda vez que intento verla. Ayer tenía ya la entrada en la mano cuando la llamada urgente de una amiga necesitada me hizo dejarlo todo y correr a su lado. Busco mi asiento en la oscuridad y vislumbro una sombra que me saluda. Un compañero de estudios en la maestría de filosofía está sentado al lado. Ambos asistimos los miércoles a un seminario sobre Heidegger y Hölderlin. ¿Coincidencia? Tal vez no. En la sesión pasada el director del seminario nos había recomendado esta película, nos había revelado que tenía mucho que ver con el tema que estábamos estudiando: la disposición fundamental del decir poético. Así que aquí estamos juiciosos siguiendo la recomendación de nuestro profesor. No se equivocaba. Uno siempre tiene que fiarse de los que saben…

Comienza la película. La belleza austera del Atlas africano es lo primero que nos sobrecoge. En medio de aquellas montañas de una pureza extraordinaria, aparece un monasterio. Allí viven ocho monjes cistercienses entregados a una vida contemplativa y de servicio a los demás en armonía con la comunidad musulmana que habita la región. Estamos en la década de 1990, durante la guerra civil que asoló Argelia. Cada vez son más frecuentes las noticias de matanzas, de una oleada creciente de violencia fanática que recorre todo el país. Los terroristas del GIA se están acercando al monasterio y el ejército ofrece protección a los religiosos, pero éstos se niegan a aceptar la ayuda de un gobierno corrupto. No quieren verse envueltos en la guerra y continúan con sus labores cotidianas: trabajar la tierra, cuidar un rebaño de ovejas, recorrer los hermosos paisajes, dispensar ayuda médica a las mujeres y los niños de la aldea cercana, estudiar y, sobre todo, orar, cantar a Dios.

Creo que nunca antes había visto una película tan grande sobre el catolicismo como De dioses y hombres; creo que nunca antes había visto ejemplificada la fraternidad (ese “compadecer”) con tanta fuerza, tanta credibilidad y tanta belleza cinematográfica. Las poderosas interpretaciones  de cada uno de los ocho monjes son inolvidables. Es especialmente conmovedor el personaje del viejo hermano Luc, el médico de la comunidad y también el del prior del monasterio, el hermano Christian. Todos ellos muestran que los héroes no son más que hombres de carne y hueso, con dudas, con miedos, pero que se enfrentan a su destino, que no huyen. En su caso porque corresponden a la gracia con generosidad pero sin alardes. Hay un momento en la película (en la vida real, porque los hechos son históricos) en que se plantean la posibilidad de volver a Francia, de abandonar el lugar en el que llevaban casi 60 años. “Somos como pájaros en unas ramas que se agitan”, dice uno de los monjes. Una mujer de la aldea le responde: “No, ustedes son nuestras ramas. Si ustedes se marchan, ¿dónde nos posaremos?”.

No desvelaré el desenlace, sí insistiré en destacar la intensidad dramática que se va desarrollando como la mejor prosa poética visual, con una pureza y una fuerza que atrapa al espectador. Al final, parecería que ante el horror sólo cabe cantar, como los monjes cuando los helicópteros sobrevuelan el monasterio y no saben si van a morir… Esa es una de las conexiones (una de tantas) de la película con el seminario de la maestría. Observo a estos monjes asumir su destino, contemplo esas montañas del Atlas, lloro con la escena en la que cenan todos juntos escuchando “El lago de los cisnes” y no puedo dejar de pensar que estos cistercienses son los semidioses de los que habla Hölderlin. “Lo que permanece, empero, lo instauran los poetas”, dice él. Semidioses, héroes, poetas, mártires… ¿acaso no son lo mismo? ¿Acaso no es el destino de estos monjes dejar un legado fundador a ese pueblo perdido en las montañas?

Sobre dioses y hombres ganó el gran Premio del Jurado del Festival de Cannes en el 2010 y representó a Francia en los Oscars. Esta vez quien se llevó el Oscar a la Mejor Película Extranjera fue la danesa En un mundo mejor, que tampoco pueden dejar de ver. Los dos largometrajes tienen mucho en común, los dos profundizan en las raíces de la violencia en el mundo actual y lo difícil que es hacer valer ante ella una cultura de la paz y la caridad. En las dos películas aparecen dos médicos inolvidables: sabios, pacíficos.

Cae el telón, mi compañero y yo tratamos de contener la emoción y volver a las luces del centro comercial, al ruido, al frenesí de la gente entregada a las compras… ¿No les sucede a ustedes que cuando cierran las páginas de ciertos libros o terminan de ver una película como ésta es casi imposible incorporarse de nuevo a la vida, así sin más? Eso es lo que nos pasa en este momento. Decidimos entonces salir, encontrar un lugar más silencioso en el que poder conversar y tomarnos un vino a la salud de estos héroes cistercienses. Hablamos inevitablemente del dolor, de la belleza, de la filosofía, de libros (él me recomienda Kaddish por el hijo no nacido de Kertész, yo le invito a leer Una historia de amor y oscuridad de Amos Oz) y hacemos la firme promesa de volver a ver la película. La próxima vez será con lápiz y papel para no perdernos nada de esta historia de dioses, hombres y semidioses.

(Pueden encontrar la película De dioses y hombres de Xavier Beauvois en la Biblioteca. Solicítenla con este número 261.21 D278.)

1 comentario

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Una respuesta a “De dioses y hombres… y semidioses

  1. Almudena Jiménez

    Brillantísimo comentario. Al ver la película me perdí muchos “detalles”, yo también tendré que volver a verla con lapiz y papel, lástima que no pueda ser en Colombia

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