Midnight in Paris


Por: Carmen Ruiz

Domingo por la tarde, aburrimiento profundo. Alguien sugiere que vayamos al cine. Elegimos la última película de Woody Allen: Midnight in Paris. Llegamos a la sala de cine justo en el momento en que se están apagando las luces… y se enciende París. Una banda de jazz está tocando Si tu vois ma mère mientras la cámara nos va mostrando los rincones más bellos de la ciudad. Empezamos a sonreír, el alma se esponja, ¿quién dijo aburrimiento? París por la mañana es precioso, por la tarde tiene encanto, por la noche hechiza, pero después de medianoche… es mágico. Bajo esa magia cae hechizado el protagonista de la película y los espectadores con él.

Gil Pender (Owen Wilson) es un exitoso guionista de Hollywood algo bohemio que llega a París de vacaciones con su prometida Inez (Rachel McAdams). Les acompañan los adinerados y conservadores padres de ésta.  Gil está tratando de perseguir su sueño de ser un escritor de verdad y busca inspiración para la novela que está escribiendo. Cansado del mundo superficial de los típicos turistas norteamericanos, vaga por la noche por el barrio Latino soñando con los felices años 20, la época dorada de París en la que artistas y escritores encarnaban el ideal romántico de una vida consagrada al arte.

De repente, aparece un coche misterioso al que le invitan a subirse y se ve transportado a esa época: fiestas maravillosas con Cole Porter y los Fitzgerald, conversaciones con un atormentado Hemingway, Gertrude Stein se interesa por el borrador de su novela, queda embelesado con Adriana, la bellísima acompañante de Picasso,  (Marion Cotillard), trata de que Dalí, Buñuel y Man Ray entiendan su desconcierto pero a ellos, como buenos surrealistas les parece todo lo que les cuenta perfectamente normal y así sucesivamente en una serie de encuentros mágicos y muy divertidos que no voy a relatar para no destripar el argumento.

Creo que estamos ante el mejor Woody Allen de los últimos tiempos. Midnight in Paris es una comedia deliciosa, con un guión ingenioso, buen ritmo, unas maravillosas actuaciones, aunque sean apariciones fugaces (el Dalí de Adrien Brody es memorable), profunda y divertida a la vez y con una soberbia fotografía de Darius Khondji (la escena de los protagonistas en los jardines de la casa de Monet en Giverny es una obra de arte).

La música que abrió la película vuelve a sonar al final. Las luces del día se van apagando, una pareja pasea a orillas del Sena, llueve sobre París, que está más bella que nunca… en nuestros oídos resuena nostálgico el último párrafo de A Moveable Feast de Hemingway: “París no se acaba nunca, y el recuerdo de cada persona que ha vivido allí es distinto del recuerdo de cualquier otra. Siempre hemos vuelto, estuviéramos donde estuviéramos, y sin importar lo trabajoso o lo fácil que fuera llegar allí. París siempre valía la pena, y uno recibía siempre algo a cambio de lo que allí dejaba (…)”.

Deja un comentario

Archivado bajo Interés general

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s