El precio a pagar: huí de Irak por mi conversión al cristianismo


Por: Alba Teresa Correa

El  verdadero nombre de Joseph Fadelle es Mohammed al-Sayyid al-Moussaoui. En Irak, este nombre es sinónimo de influencia, riqueza y poder, porque los Moussaoui son una importante familia aristocrática chiita cuya ascendencia se remonta hasta el imán Alí, primo y yerno de Mahoma. Sin embargo, esto era antes de convertirse, ahora los miembros de su familia tienen la intención de matarlo: «Tu enfermedad es el Cristo y no hay cura posible. Nunca te curarás», le dicen sus hermanos. El proceso para llegar a este momento  de conversión se dio en 1987, durante el servicio militar en Basora, donde compartía dormitorio con un cristiano.

Para él, es una situación humillante: “Para mí, los cristianos eran personas impuras y marginadas. Desde muy pequeño rezaba el Corán cada día, y en él se afirma que los cristianos son herejes que adoran a tres dioses”, el compartir habitación era compartir con un impuro y Joseph no lo soportaba.

Fue todo un proceso y el verdadero cambio llegó cuando su compañero le ofreció una Biblia, a partir de ese momento, quedó fascinado «por el Jesucristo del que hablan los Evangelios», descubre una pasión que vivirá en carne propia.

Sorprendentemente, es la Iglesia la que le rechaza en primer lugar, los cristianos iraquíes vivían con mucho miedo, eran más de un millón en los años 80, ahora se calcula que son menos de la mitad, esto no era fácil para ellos, para los cristianos iraquíes, cada musulmán que llamara a la puerta era un riesgo, porque el proselitismo se castiga con la pena de muerte.

Al pedir el bautismo, arriesgas no sólo tu propia vida sino también la de los cristianos que te ayudan a recibirlo”, le explica un sacerdote, con el tiempo, comprendo por qué lo hicieron, sencillamente, estaban muertos de miedo”.

Gracias a su insistencia, Mohammed finalmente obtiene el permiso para asistir a misa y durante diez largos años, evita la muerte ocultando su conversión a sus familiares, así cada día junto con su padre y sus hermanos, reza cinco veces en dirección a La Meca, pero él reza a Jesús en lugar de decir Al-Fatiha, el prólogo del Corán recitado cada día por millones de musulmanes.

Cuando su familia  se enteró de su conversión renegó de él, más por defender la reputación familiar que por una verdadera convicción teológica. Su padre no puede soportar la vergüenza que supone tener un hijo cristiano, menos aún porque Mohammed, que tiene nueve hermanos y hermanas, es el heredero, “el predilecto”. Su madre sólo pronuncia una palabra: “Matadlo”. La máxima autoridad chií de Iraq, el ayatolá Mohammed Sadr, declaró la fetua que marcó su futuro: “Si se confirma que es cristiano, entonces es necesario matarlo. Alá recompensará a los que cumplan la fetua”.

Buscando el cambio de decisión lo encierra durante dieciséis meses en Hakimieh, la cárcel destinada a los presos políticos, le golpean y torturan para que confiese el nombre de los que le animaron a convertirse al cristianismo, pero Mohammed no revela nada a los torturadores, y sobrevive gracias a un deseo: vivir lo suficiente para bautizarse y recibir la comunión.

Un sacerdote le aconsejó que abandonara Irak junto con sus dos hijos y su esposa, que también se había convertido y huyen a Jordania, donde les acoge una familia cristiana. Por fin recibió el bautismo con su familia y cambió de nombre, tratando de conservar su nueva vida en secreto, pero por desgracia sus hermanos le encuentran y quieren llevarlo de vuelta a Irak y cuando se niega, su primo le dispara a quemarropa, misteriosamente, la bala no llega a tocarle y él siente en su interior una voz que le susurra que huya a toda velocidad, así lo hace, luego se desmaya y se despierta en un hospital sin saber cómo ha llegado hasta allí ni porqué no está muerto.

Es así como para proteger su vida y la de su familia consigue con mucha dificultad un visado para viajar a Francia donde más adelante recibe la nacionalidad francesa.

Joseph Fadelle no se arrepiente de su conversión, tiene la esperanza de que lo escuchen en el país que lo ha acogido. Quizás, algún día, “vivir en un Iraq en el que los cristianos puedan ser ciudadanos con los mismos derechos que los demás”. “Quiero que la sociedad cambie, o mejor aún, que se convierta al cristianismo”, es por eso que escribió el libro como medio de dar su testimonio y que otros conozcan el valor que tiene el ser cristianos.

Si le llama la atención esta obra, puede consultarla en la Biblioteca con el siguiente número  de clasificación: 248.4 F144p

 

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