Contra el viento del norte


Por: Carmen Ruiz

Daniel Glattauer. Alfaguara. Bogotá (2010). 260 págs.

El austríaco Daniel Glattauer resucita la novela epistolar con un inteligente diálogo electrónico en Contra el viento del norte, todo un éxito en lengua alemana con casi un millón de ejemplares vendidos y recién editada en español por Alfaguara. El libro ha sido adaptado al teatro y sus representaciones en Viena reciben desde hace meses los elogios de la crítica y  el apoyo del público en la taquilla.

La trama comienza de una manera tan original como posible para cualquiera que utilice el correo electrónico. Leo Leike recibe por error varios mensajes de una desconocida llamada Emmi que quiere cancelar su suscripción a una revista, y ésta, como no le contestan,  insiste: “Distinguidos señores de la editorial Like: Si la finalidad de su insistencia en pasar por alto mis intentos de retirar una suscripción es vender más números de su producto, cuya calidad no cesa por desgracia de bajar, lamento comunicarles que no pienso seguir pagando. Un cordial saludo, E. Rothner”. Este correo llama la atención de Leo y decide contestar: “Se ha equivocado usted de dirección. Ésta es mi dirección particular: woerter@leike.com. Usted quiere escribir  a woerter@like.com. Es la tercera persona que me pide que le dé de baja de la suscripción. La revista debe de haberse vuelto francamente mala”. Pasan nueve meses y Leo vuelve a recibir, de nuevo por error (¿o tal vez no?), un correo colectivo de parte de Emmi felicitando la Navidad. Y ahí sí que no puede resistirse a dar rienda suelta a su ironía: “Querida Emmi Rothner: Aunque casi no nos conozcamos de nada, le agradezco su cordial y sumamente original correo colectivo. Sepa que adoro los correos colectivos dirigidos a una masa de la que no formo parte. Atte., Leo Leike”.

Como era de esperar Emmi le responde y comienza un cruce de e-mails entre ambos, primero en tono de broma, cortos, rápidos…, luego cada vez más largos, más íntimos… en los que van descubriéndose el uno al otro, contándose su situación familiar, los detalles de su trabajo… hasta el punto de escribirse todos los días varias veces. Acaban siendo el uno para el otro la primera persona con la que hablan por la mañana y aquella de la que se despiden antes de acostarse. Siempre electrónicamente, claro está. En un claro ejemplo de dependencia virtual, de ansiedad por ver la “bandeja de entrada” cada cinco minutos. Siempre flota en el aire la pregunta acerca de si deben encontrarse, pues viven en la misma ciudad… Y es que lo peligroso es que Emmi está “felizmente casada”, según sus propias palabras, que está poniendo en riesgo su vida familiar. ¿Por qué entonces esa necesidad de escapar de su vida cotidiana aunque sea epistolarmente? Me recuerda a otra Emma, a la Bovary, y como le ocurre a la protagonista de Flaubert, la idealización de los desconocidos siempre acaba en drama… Por eso no estoy de acuerdo con las elogiosas críticas que describen este libro como “uno de los diálogos amorosos más inteligentes y encantadores de la literatura actual”. Creo que inteligente sí es, moderno también, pero de encantador no tiene nada. Es adictivo, uno no puede dejar de leer los e-mails de Leo y Emmi, pero ahí está la clave: en que uno no se puede “desenganchar”… del mismo modo en que Leo y Emmi no pueden “desconectarse” el uno del otro. Da que pensar esta novela de relaciones virtuales y no “reales”…

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